El desencanto habita siempre en el corazón que palpita con latidos de rencor. Si piensas que es error amar aun lo es más insultar a la verdad tiñéndola de rencores inventados, para sostener la vanidad del pasado, en su trono de arrogancia, usando al ego de abogado. No hay peor nostalgia que la de aquello que nunca se vivió, y si quiso la distancia diluir con su fragancia de los días venideros, el recuerdo pasajero de los primeros momentos vividos; no actuará así el oído, y jamás olvidaré tus dulces palabras. Me ladras como un perro a la luna, locura canina que se contagia, siempre hay otro perro al lado, presto para hacer de coro, pero yo no puedo perder por ello mi decoro, porque no soy luz de luna sino titilar de estrella, y dejo mi huella lejana de guiños de mañana sobre otro cielo. El perro malgasta el día durmiendo y la noche aullando. Pero de la luna no caen huesos, no tendrá recompensa, y por eso, finalmente al amanecer se aparea, entonces, para llenar la despensa, con el que tiene al lado, pariendo nuevos canes locos, que con terremotos de ladrido, tratarán de seguir mañana, el derribo de la luna. Tomando fragmentos inconexos de parcialidad, construye el hombre su ariete de nuevos pretextos para odiar, frente al amor que es un todo. Mientras tanto los perros ladran y ladran, afónicos de noche, sin parar entre las callejuelas de la ciudad del odio, hasta quedar borrachos de silencio. Si nada cae de la luna, entonces se consuelan felices viéndola menguar, pensando que, tal vez por azar, con sus espumosas palabras, la consiguieron desplazar de su lugar en el firmamento. Pero la luna jamás huye ni se esconde, y es la torpe visión licántropa del hombre quien la percibe como tal, porque Selene no es mujer de nueva ni vieja belleza, porque la luna, la luna como mi alma, siempre está llena, aunque tú no la veas desde el planeta egoísta y solitario en donde habitas.
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