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domingo, 8 de junio de 2014

Soñar

Si puedo soñar porqué sucumbir a la fría realidad. Si mi amor se escapa ya por las rendijas por donde los rayos del sol me gritan con voces de luz, con largos y silentes dedos de destellos acarician mis blancos cabellos, invitándome a marchar junto a él. Qué mal puede alcanzarme, cuando cruce la frontera, y dejando atrás esta tierra de quimeras, me recueste a soñar sobre tu pecho de universo. El breve lapso de este tiempo se desangra por la herida de los días. Ya no busco salidas materiales, ahora lo sé, que no hay lugares perfectos, salvo aquellos donde moran los afectos del alma. Ya pronto tendré la calma de mis sueños. Habla entonces de mi cuanto quieras, ruido de la noche, alimañas nocturnas del bosque oscuro, filosofía de los búhos que envidian y niegan a la vez la luz. Me voy, ahora que ya pasó la tormenta, ya nada aleja mi nave de su rumbo, sucumbo feliz y fecundo en el mundo de mis sueños, aquellos que solo tienen a Dios como su único dueño. No quiero vivir para siempre, quiero morir enamorado nuevamente, como antaño, porque ascendiendo un solo peldaño en el amor, morirá mi cuerpo de hombre, pero amor será mi nombre en la eternidad.

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El Viejo Café

Y quedé, nuevamente, mirando absorto el viejo cuadro aquel, torcida languidez de paisaje, que cuelga desigual de la pared. Y pedí otro café bien caliente de recuerdos, y bebía a sorbos cortos, cadentes, entre soplos de añoranza, las melodías del viejo pianista del rincón que se mezclan como azucarillos de notas en mi taza. De repente empezó a llover nuevamente, y quise ver tu silueta levemente dibujada, deformada tu sonrisa por el agua sobre el cristal. Luego limpié con mi mano el vaho del escaparate, y el disparate de mis anhelos se desvaneció, el humo de la taza jugó su baza dándole vida al vapor de nuestro ayer. Tú, ya hace mucho que no te asomas, mojada de arte, cargando con tus cuadernos de artista, para tomar el té con pastas de prisas; llegada de cualquier parte, como la brisa, de pintar estático el movimiento de la ciudad. Ya soy demasiado mayor, no puedo ver con claridad, y mientras te sigo aguardando entre mis versos de poeta, ya no sé quien está más muerto de los dos. El viejo café encierra entre sus mesas asépticas de mármol blanco, la respuesta. El camarero parece que nunca me ve, y ya hace mucho que no me pasa la cuenta. Y yo, sigo viniendo a diario, consumiendo un calendario de amor cotidiano, y sigo tomando el mismo café mientras escribo tu nombre entre mis notas, y una gota gaviota, buscando su libertad, resbala cuello abajo, de todas las botellas de cristal que duermen de humedad en el centro de las mesas, sobre lápidas de mármol blanco que les sirven de dura cuna. Y sobre todas y cada una he dejado escrito mi epitafio... Tal y como te amé por vez primera, aún te sigo amando. Siempre te estaré esperando en el viejo café.

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Quedar Atrás

Nada se deja atrás, tu amor sigue pegado a mi con mi propio aliento. Es imposible poner distancia a los sueños. Siempre nos alcanzan al caer la vigía de los párpados, y al nacer un nuevo día dardos de luz me despiertan soñando en ti, y así el amor soñado pasa a ser pensado, como una luna que mengua en la noche escoltada en el derroche de estrellas vivas, alimentadas por el fantasma de una luz ya muerta hace tantos años. Ya no estás como esas luminarias del cielo, pero te sigo viviendo en mis recuerdos y en el presente cierto de cuanto veo. Vives en la luz como vive el universo, vives respirando en mí aunque digan que has muerto.

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viernes, 30 de mayo de 2014

Creer en un ángel

Todos necesitamos creer en un ángel, antes de ver morir de hambre al hombre arcángel que duerme en la cuna del pecho. En el barbecho de la materia donde duermen las semillas de todos mis afectos, ahogadas en la sequía que provocan mis defectos. No hay secreto, necesito creer en un ángel nuevo, que vele por los sueños de amor perenne de mi alma, que me de la calma, que me regale nueva esperanza, que lo que valga mi muerte no sea nunca mayor de lo que valió mi vida; que me ayude a cerrar viejas heridas con su voz, que el mundo atroz que nos rodea se disuelva en su presencia. Necesito creer en un ángel de belleza, que nos de la esencia de una nueva ciencia, donde amar sea el único postulado, y haciendo a un lado el monstruo voraz de la razón, su alado sustento, me sostenga en la emoción como equilibrista distante, viviendo en el instante divino de la luz que ya adivino, en el oceánico azul de tu mirada preñada de fugaces estrellas. Todos necesitamos creer en un ángel, antes de quedar como juguetes rotos, encontremos un ángel que crea en nosotros.

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jueves, 29 de mayo de 2014

La Marioneta

El anciano sostenía entre sus manos una marioneta rota en desencantos, los hilos del tiempo ya no podían hacerla bailar en los días ni su silente música la movía en las noches. Es la vida trágica lotería de los días, forastero, me dijo con acento de reproche. O será que el mundo, desconocedor de tan íntimo secreto, busca remedios en viejos amuletos, para combatir su mala suerte. Supersticiones planetarias, hacen predicciones legendarias sobre lo que pasará, y el hombre, víctima de su propia irrealidad, abraza dogmáticos calendarios de la ciencia, esa que robando aún más su conciencia, le retorna al punto de partida inerte de la materia. No es tu mala suerte viejo guerrero lo que te trajo aquí, te arrojaron en mitad de las olas del tiempo para servir de ejemplo a quienes no saben nadar. Para poder salvar a estos naúfragos de estrellas, te tienes que ahogar a su lado. Tienes que bucear en tu propio llanto para luego respirar eternidad.

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sábado, 3 de mayo de 2014

Eternamente Bello.

Ella se peina de amapolas mientras él, envuelto entre las olas, navega océanos de espuma, le arrulla la mar en su cuna, mecida de sal. Sueña en las mismas estrellas que ella desde tierra mira para con él soñar. Voy a ganar mi libertad más allá del horizonte, donde el sol nunca se esconde, se alcanza la eternidad.

Fue su cuerpo arrojado a una playa, y su alma al mar. Ganó su libertad, ya es para siempre bello, en el último destello del cielo, que una anciana peinada de amapolas, rojo y blanco sobre las olas del tiempo, contempló, entornada la mirada, feliz sobre su almohada al cerrar por última vez sus ojos negros.

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viernes, 2 de mayo de 2014

La Ventana.

Tras el cristal de las ventanas el tiempo del ayer y del mañana se fue diluyendo. Una lluvia clara de emociones se desliza en torrentes de vierte aguas, mi ser se escapa, vidrio y madera resbalando, hasta la acera. Y una lágrima furtiva, confundida, se diluye distraída en su recuerdo. ¿Fui feliz?, es cierto, pero solo en el momento en que lo decía y luego llegó la agonía vestida de irrealidad. Una vez lo conocí, ¿Fue el amor dijiste? No, lo fue su ideal. Y esta idealidad reemplazó la soledad del poeta. Quien ama de forma abierta, lo hace desenterrando el alma de su quimérico trance.

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Y quién como tú.

Y fui llegado hasta hasta ti, empujado en el desliz del tiempo, tropezando entre las aceras del universo, cruzando del uno al otro lado sobre adoquines de estrellas. Torpe, desarmado, gastado de humanidad.

Y quien como tú para no verme, si yo vengo de cabalgar mi suerte solitaria. Fecundo es el camino verde que hace feliz a mi caballo, y es desmayo para mí en la insolación de los días. Mi vida es una subasta permanente donde en torrente de pujas cotidianas, desposeídos de esperanza me disputan con la muerte.

Y quién como tú para no verme. Tengo la suerte del viento, siempre en movimiento y a la vez en ninguna parte. Soy brisa sobre tu rostro, vendaval que arranca árboles de raíces viejas de pasado. Gastado en el verbo, y cansado de andar soplando, siempre borracho de eternidad.

Y quién como tú para no verme, si llevo guardada una fuente, manantial por donde brotan secretos de todos los tiempos, afluente a contracorriente en dónde Dios puso el barco de papel de mi corazón. Navego a la sin razón del amor...y quién como tú para estar ciego.

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