Algún día, envuelto en su color ocre, el ocaso de mis días se llevará todo lo mediocre que se pegó a mi vida. Cerradas por fin todas las heridas mi sangre derramada volverá, cual elixir, como aquellas hojas de menta fresca que su blanca mano solía poner bajo mi almohada. Una secreta voz, que me traslada, me dirá descansa entonces, la paz anhelada ya te alcanza. Mi alma, descalza, volará ligera lejos de su prisión de barro y del letargo gris de los días. Seré nueva melodía lisonjera entonces, criatura alumbrada en partitura, emoción sin razón. Locura, con premura de amantes, que es la razón de mi universo, donde un gran amor, oculto a todo hombre, se esconde en el escenario. Yo sé, de él, su nombre, lo aprendí una vez, en que disfrazado como un hombre, lo escuché en el silencio de la noche, cuando diminutas chispas de mi fuego, arrogantes, competían anhelantes con las estrellas. Me pesan los días como cadena de eslabones de negro humo, forjada en los fogones del hastío.
Enviado desde mi smartphone BlackBerry 10.
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