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lunes, 8 de junio de 2015

La Veleta

Me canta un gallo de hoja de lata, con su kikirikí afónico de óxido rojo, contra el cielo azul desde la veleta del tejado. Lo hace por los cuatro costados, puntos cardinales de mi infancia. El viento trae fragancias del ayer, que son perfumes de añoranzas. Siempre queda la esperanza de un nuevo viento, de un suspiro que de aliento a la torreta, y girando loca la ruleta, justo por donde se desdibuja el último ojo que aún le queda, pueda atisbar la silueta de mi amada que viniendo desde tan lejos, me llama. Ella mueve otra vez sus brazos, dos ramas de perfumados álamos, envueltas en la corteza blanca de su vestido de algodón almidonado. Y yo, corro veloz hacia su horizonte, pero nunca la alcanzo. Tal parece que el árbol de su vida está plantado en otro campo, mientras surcos son heridas en la tierra de barbechos donde mi corazón habita desde entonces. Aún la veo, y mi gallo veleta otea, girando loco, otra vez su horizonte aprovechando lo poco de hombre que a este viejo le queda. El tiempo es mala moneda, nada puedes comprar con él, porque tan solo presta. Cruje con pereza, bostezo de madera vieja mi tejado, y deja que un agua del pasado, con la sutileza de un hilo, me matenga en vilo formando una gotera de recuerdos día y noche. Por los siglos de los siglos amen, desde entonces vengo amando, yo le digo al equinoccio que igualó, con su sacerdocio borracho del cáliz del tiempo, nuestros días y nuestras noches; y que nunca dejaré de amarte, porque en las dos mitades simétricas de mi vida, te amo por partes iguales, día y noche, aunque ninguna tenga medida.

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jueves, 4 de junio de 2015

Quijano... Quijote

Ya me cansé de ser Quijote, me dice el Quijano que me habita corazón adentro. Guardo silencio un rato y tomándole luego la mano le digo: Quijano, amigo mío, ya no seremos mendigos, ni yo por mis ideales, ni tú por tu anhelo de la tierra. Estando despierto yo, no hay sosiego que te ofrezca, y estándolo tú, no hay siesta en que no te aparezcas ni pesadilla en esta baldía tierra que de ambos se aparte. Yo también me cansé de este viaje a ninguna parte. Llegaremos a un acuerdo los dos, en este hombre que habitamos, yo no pondré más las manos en otro ideal peregrino y tú no te harás nunca vecino de la vulgaridad. Buscaremos la soledad de un mundo nuevo, donde el único juego posible sea, respirar sin el anhelo de más aire, como sino bastara el cielo. Ya no pisaremos suelos de hipócrita solemnidad, ni dejaremos que la falsa caridad de un vano intelecto nos muestre condescendencia, o lo que es peor, nos vuelvan a fingir afecto. No sé si se me acabó antes la paciencia que la edad. ¿Qué dices Quijano?, tienes razón, se nos acabaron las dos a un solo tiempo en esta soledad. Partamos de una vez entonces, el camino nos espera, pero no conocerá esta carretera, ni paso de rocín errante, ni burro que le acompañe. Saldremos a caminar la calle como un solo hombre, como un hombre solo que se para en los recodos del camino a beber agua de todas las fuentes, como si fueran afluentes de Dios mismo. El ayer es una sombra alargada del ocaso de los días, y mañana una quimera, una patraña, una sutil tela de araña tejida con fantasías. Durmamos pues Quijano, a la par los dos esta noche, donde no habrá ningún reproche si en vez de soñar, por una vez descansamos. Y cuando mañana alguien nos pregunte que cómo nos llamamos, no diremos que Quijote o Quijano, diremos simplemente Alonso, un hombre más.

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domingo, 31 de mayo de 2015

Bruma.

He nacido de la bruma, espuma que perfuma la orilla del universo. Humo que adquiere todas las formas por algún extraño encantamiento. Fue mi cuna una noria, donde la vanagloria humana se medía en la alcancía exigua de los sentimientos. Canciones y cuentos, moralejas añejas para invocar arrepentimientos tempranos. Nací cómo soldado para pelear en vano, al hombre ya no le mueven los sueños, lo descubrí después, con el pasar de los años. El cuerpo se consume y el ego presume hasta el último momento de una heredad que nunca tuvo dueño. Nací para la soledad, para vivir una edad que no es la mía, para terminar una partida donde otro que no soy yo, repartió las cartas antes de que pudiera caminar arrastrando una espada de madera. La peor guerra que libré fue la paz doméstica que con su rutina de migajas de pan me ahoga el alma en la pertinaz rutina de un crepúsculo, allí donde nunca termina de amanecer.

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La Calle.

Esta calle, que tránsito, se compone de miles de detalles infinitos, emociones que dejaron todas las lluvias de amores de cada pequeño mundo . Este es otro hombre donde hábito, de mil nombres y un suspiro profundo, un rotundo grito con tu nombre escrito que cubrió todas las estrellas. En la calle con sus piedras gastadas, huellas nacaradas bajo la luz de luna, hay una farola, con su halo que pelea agotadora con la bruma en un costado de la esquina del parque. En su vieja llama de gas arden recuerdos de amantes, besos clandestinos robados al destino, tahures de naipe gastado con cinco ases y algún perro despistado que hace, lo que en estos casos, siempre hicieron los perros. Mis recuerdos se deslizan por sus aceras y el agua de su acequia se lleva, hasta lejanos puertos, un barco de papel. Con él se van los sueños de algún niño entre sus pliegues blancos. Sentados en su banco dos eternos ancianos siguen tirando las migas de su menguado tiempo a la palomas. Ya hace mucho que no te asomas al balcón sobre el jardín, ni trepa la enredadera sin fin de mis deseos a tu encuentro. Me marché mar adentro, más allá del parque, al otro lado del lago de nuestros sueños y aun así no pude olvidarte. No sé bien cual de todos los hombres que fui comenzó por amarte entonces, ni donde, no lo recuerdo pero es un sentimiento que vino respirando conmigo desde mi nacimiento; tal vez fuera por eso y por ninguna otra causa que yo rompiera a llorar. Abrí los ojos al mundo y no te vi, que decepción de luz tras la oscuridad del vientre. Por esta misma calle ya ha pasado mucha gente, vestida con tantos trajes como deseos diferentes, parodias circenses, vanagloria militar en mil desfiles, y un enemigo singular a quien nadie ve pero todos temen. Un amén de las beatas con su rosario de nata amarillenta camino de la iglesia, dolores de muelas con paso presuroso, una colección de resfriados con su tos tras la bufanda, brotando de la garganta de dos mocosos y el alboroto sencillo y remoto de los gorriones.

Corté flores nuevamente en la reja del parque, las colocaré sobre el jarrón de ninguna parte que yace sobre tu tumba. Si alguien me pregunta dónde estuve le diré que más allá de la nube de todos mis anhelos, que habiendo subido al cielo de tu balcón, tuve que pisar el infierno de la tierra nuevamente, que mi frente se arrugó surcando mares, que visité todos los lugares que maravillan al hombre, y que no encontré nada en ellos que no estuviera impreso en el espejo limpio y azul de tu cálida mirada.

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sábado, 30 de mayo de 2015

La Siesta.

Giró la barca, en su místico destino, empujada por los vientos del hastío. Me cansan las mareas en su eterna pelea con la orilla. Un destino que nunca se alcanza, una vieja gloria compartida y un ancestro en la memoria que no te olvida. Un camino que se alarga, palabras parcas que ocultan, en su zarza de sílabas, atilas de abecedario donde jamás creció el amor. Nunca hubo diálogo entre ambos, tan solo su discurso imposible de interrumpir, impasible en su suficiencia cargada de reproches. Por las noches, a oscuras me pregunto, qué pude ver en ella yo. Y el péndulo implacable del reloj golpea mi cabeza entonces.

Días amarillos de calendario se columpian con desgana, movidos por el aire que entra por la ventana entreabierta, como queriéndose suicidar de mañana al volver la siguiente página. ¿Hace mucho calor o acaso me estoy volviendo loco?. Mis oídos se llenan poco a poco con el sonido de bulliciosas aceras con su tráfico. Trágico destino de chirridos se balancea sobre el ventilador que pende sobre mi cama, con su monótona sinfonía de desgana oculta en su zumbido. Un continente de humedad del techo se dibuja insolente, poniendo su torrente, amarillo y maltrecho, en grave aprieto a la pared de enfrente. Mientras tanto, sujeto todos mis sueños de la vecina telaraña, tienda de campaña estéril, es tan grande la soledad de esta alcoba que aquí hace más de mil años que no entran ni las moscas. A solas, a secas, maldito jarabe del infierno, me tomo tu recuerdo, medicina amarga de cada inútil siesta.

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Liberación.

Líbrate, por caridad, alma mía de tu pena, vuela paloma libre con tus alas de inmortalidad. Alcanzar el punto cardinal de la verdad significa que nunca habrán más mentiras que te distraigan de volar.

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Tenorio.

Talonario es un Tenorio, que perdido el calendario, hace el ridículo a diario pagando para llenar el dormitorio de falsos amores "paganos". No tiene Inés y es su cruz, que nunca verá la luz de un amor verdadero que le redima, ni un triste D. Luis Mejía que le muestre en el acero lo que significa luego la hombría, ya que no puede haber duelo de honra, ni quien le ponga de guantazo noble, D. Luis, la "mejías" rojas; para quien siendo un abuelo, vive de la falsa juventud de dos monedas. Hay entre todas las tristezas la que deja al ser más alienado, y es la de éste Tenorio sin escenario, subido a la tarima de su oficina de contable, donde cambia el olor de su orina vieja por perfume, para quien recibe el sable de su paga, donde asume, más bien asuma yo diría, sin resta posible, que perder el frágil imperdible del honor no tiene el mayor valor, si reemplaza por alfiler de oro, que lucirá con decoro prestado de algún libro de mentiras. Tontea con la arrogancia y vanidad ajenas y ofrece mayores cenas de paños menores, porque siempre encontrará lacayos a quienes, sin importarles los años, no solamente les gusten, sino que regusten, aun, de cortarle hasta los callos si se tercia. Tenorio de campanario, tintineo de moneda, vives en Alcancía la Vieja, con sus provincias de ancianidad y nunca habrá una luna nueva, te lo digo en caridad, que te haga crecer las muelas de tus desdentadas encías. Hay un juego tonto y a la par un tonto a quien le gusta el juego. Pronto alcanza la ganancia de una mercancía barata, de un alma vacía de riquezas. Reliquias fatuas que decoran las estatuas de todos los cementerios te contemplan.

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El Alba.

El alba azul de tus pupilas te dio mirada de amanecer, y yo, siendo poco más que un niño, ya quería atardecer a tu lado. Te observaba, a diario en furtivo calendario de costado, desde mi corazón de nido, a la vuelta de todas las esquinas. No hay una sola piedra de nuestra calle que no conociera entonces tu nombre, porque cada uno de mis pasos, no importa dónde fuera soñando contigo, llevaban impresos su sonido. Huellas de amor y barro, la lluvia de los días de invierno diluyó tu vida, más nunca tu recuerdo. Una sonrisa, temprana como el rocío, fue tu primer regalo aquella mañana lejana, donde gorriones de pluma blanca de bufanda de abuela, volaban a la escuela apretando entre sus manos, apenas dos monedas para algunos caramelos. Y entre todos, yo, sintiéndome tan hombre siendo apenas un niño, crecido de anhelos, tocando todos los cielos por tu risa. Tú, envuelta toda de azul en tu abrigo, caminabas con paso presuroso por el frío, mientras que, perdido como naufrago del tiempo, corría decidido en el bote de mi timidez, tras el humo blanco de la chimenea de tu aliento. Barco donde hubiera realizado todas las travesías del mundo, sin abandonar ningún puerto, sin trazar ningún rumbo,bastaría entonces con no salir de tu lado ni un segundo, al costado de la eternidad de tu alma, viviendo toda la calma y la tormenta de las emociones que Dios regaló al hombre. El alba azul de tus pupilas veo al fin, en el ocaso de mis ojos rojos. Mis lágrimas son abrojos de todos los enojos de amor de este viejo y triste niño hombre. Nunca se me borró tu nombre en la vida, menos aún lo será en la muerte. ¡Que suerte alma mía!, que suerte, si para quererte dicen que es la mañana más fría del invierno, pero yo siento el calor de aquel niño, cuando salgo a tu encuentro nuevamente siguiendo el rastro de la chimenea de tu aliento, mientras tú, vestida toda de azul radiante, te detienes, y dejas que éste naufrago de tu amor, en su deriva, por fin te de alcance.

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